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La Oroya a la espera de un futuro mejor

No hay ninguna garantía de que, en caso de que la fundición de Doe Run Perú vuelva a operar en La Oroya, se garantice no solo el trabajo sino también la salud de los oroyinos.

February 2nd, 2012 | by

Si hoy pides un deseo a los oroyinos, puede que muchos respondan lo que respondió Rosa Amaro: “que el cielo siga así de azul y bonito”. Tal como está desde que el Complejo Metalúrgico de La Oroya se vio obligado a paralizar sus operaciones.

Amaro es pobladora de esta pequeña ciudad de la Sierra Central del Perú y presidenta del Movimiento por la Salud de La Oroya (MOSAO) y su deseo no es tan fácil de cumplir, mucho menos ahora que el Complejo Metalúrgico de La Oroya podría reiniciar sus operaciones, aun cuando no existen las condiciones ni los niveles de inversión necesarios para asegurar que no se volverá a contaminar el medio ambiente ni afectar la salud de sus habitantes, tal como se ha hecho durante décadas.

Los problemas ambientales de la zona son bien conocidos en el Perú desde que en 1999 estudios oficiales determinaran que el 99% de los niños de La Oroya tenía niveles de plomo en sangre más elevados que los máximos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), fijado en 10 microgramos por decilitro; los ránkings del Instituto Blacksmith, que colocaron a La Oroya entre las 10 ciudades más contaminadas del planeta, también ayudaron a darle una triste celebridad a la ciudad.

La historia del proceso de contaminación de La Oroya se remonta, en realidad, hasta 1922, cuando el complejo empezó a operar bajo la dirección de la Cerro de Pasco Corporation, fundiendo los minerales polimetálicos de la Sierra Central del Perú. En 1974, el complejo fue estatizado y pasó a manos de Centromin Perú. Dos décadas después, en 1997, en el marco de un proceso de privatización impulsado por el gobierno del hoy reo Alberto Fujimori, la empresa estadounidense Doe Run Perú (DRP), subsidiaria de la corporación estadounidense Doe Run, adquirió el complejo metalúrgico, comprometiéndose a cumplir un Programa de Adecuación y Manejo Ambiental (PAMA) para minimizar el impacto ambiental de las operaciones del complejo.

Entre el conjunto de proyectos que Doe Run debía implementar como parte de su PAMA, una de las principales inversiones consistía en la construcción de dos plantas de tratamiento de ácido sulfúrico, las mismas que evitarían la contaminación del aire por dióxido de azufre, un severo contaminante que afecta el aparato respiratorio humano. Este último proyecto, sostiene Hugo Villa, médico que ha trabajado por casi 29 años en La Oroya, era el más necesario para asegurar la precaria salud de los oroyinos. Pero a pesar de que Doe Run cumplió con otros varios proyectos contemplados en el PAMA, con este proyecto crucial no cumplió.

Hace ya casi tres años, la fundición fue forzada a paralizar sus operaciones por su incapacidad financiera para concluir los compromisos ambientales estipulados en su PAMA, el cual ya había sido modificado y ampliado varias veces a solicitud de la empresa –un privilegio, por cierto, que no le ha sido concedido a ninguna otra gran operación minera en el país. En su defensa, DRP aducía que el PAMA resultaba insuficiente para garantizar una operación limpia en la zona y que terminaría invirtiendo mucho más que lo que fijaba el contrato ambiental.

Desde entonces, y durante todo el tiempo en que el complejo metalúrgico ha estado paralizado, la población de La Oroya ha estado dividida. Por un lado, los más de 3.000 trabajadores de la fundición han estado presionando por recuperar su fuente de trabajo; en esto, han contado con el pleno apoyo de la empresa. Del otro lado, pobladores como Rosa Amaro, si bien cada vez más temerosos por su seguridad, no cejan en pedir una solución que garantice no solo trabajo, sino también la salud de los oroyinos. Después de todo, como señala Amaro, no todos los que viven en La Oroya dependen hoy del complejo metalúrgico.

Tras la paralización de sus operaciones, Doe Run Perú entró en el 2011 a un procedimiento concursal en Indecopi (debido a sus deudas con el Estado, empresas mineras y la Sunat), logrando que el Estado acepte una reestructuración de la empresa, con lo que el complejo metalúrgico volvería a operar en los próximos meses. Con esta figura –que el actual gobierno apoya—, la fundición reanudaría operaciones de manos de DRP; y el PAMA, una vez más, volvería a ser ampliado.

El telón de fondo de este caso es una millonaria demanda de US$800 millones interpuesta en 2011 por DRP en contra del Estado peruano ante UNCITRAL y en el marco del capítulo de inversiones del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. La empresa argumenta que el gobierno peruano incumplió su compromiso de remediar los suelos de La Oroya, donde está ubicado el complejo metalúrgico. Sin embargo, esta acusación, más allá de ser cierta o falsa, no exime de responsabilidad a DRP en la contaminación de la planta que ha venido operando y de los problemas de salud causados por ese motivo en la zona.

“Es posible que el gobierno se haya visto presionado por la empresa DRP y por la demanda de arbitraje que interpuso. El plan de reestructuración está por aprobarse y el gobierno debe tener una actitud vigilante y valiente en este caso. De otro lado, el Congreso de la República debe evaluar con seriedad si amplía por tercera vez el PAMA de Doe Run, sabiendo que en ninguna de las veces anteriores la empresa logró culminar sus compromisos”, sostiene Rocío Ávila, de Oxfam Perú. Ávila señala que este caso sentaría un pésimo precedente en un sector que justamente busca difundir prácticas positivas.

Mientras tanto, Rosa Amaro, no puede evitar ocultar su indignación. Cuando su hijo tenía cinco años, una prueba determinó que el menor registraba 58 microgramos por decilitro en sangre, cinco veces más que el límite máximo permisible por la OMS. Esto fue motivo más que suficiente para que Amaro se involucre en el MOSAO y busque, como madre y ciudadana, una solución al problema de salud de la zona. Los años han pasado, su hijo ha dejado La Oroya y ella sigue en esta lucha. No quiere que la historia de contaminación, que llevó al 99% de niños de la zona a vivir con sangre llena de plomo, se repita.

Ver aquí el video sobre La Oroya: El testimonio de Rosa Amaro
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