Testimonios desde Fond Parisien, Haití
02 02 2010
A tres semanas del terremoto, nos unimos a un equipo de Naciones Unidas y visitamos la ciudad de Fond Parisien. ¿Nuestra misión? Conocer cómo está la gente, qué necesita, comprender si aquello del éxodo que se rumora podría -o no- convertirse en realidad. Encontramos de todo, menos desesperanza.
Por Susana Arroyo, Oxfam Internacional
Un poco más allá o más acá. No importa por dónde pasa la línea divisoria cuando la gente reclama atención y derechos de ambos lados de la frontera. A lo largo de los 55 Km. que separan a Jimaní de Puerto Príncipe, se han instalado albergues para las familias que poco a poco retornan de República Dominicana y ahora no tienen dónde ir. Heridos que han sido dados de alta de los hospitales encuentran ahí un lugar para acabar de recuperarse. Mujeres jóvenes con niños pequeños reciben protección. Hombres y mujeres se encuentran unos a otros y esa compañía les abraza, les ayuda a sanar.
A tres semanas del terremoto, nos unimos a un equipo de Naciones Unidas y visitamos la ciudad Fond Parisien. ¿Nuestra misión? Conocer cómo está la gente, qué necesita, comprender si aquello del éxodo que se rumora podría -o no- convertirse en realidad. Encontramos de todo, menos desesperanza.
Fontaine Marie y Michaella, 9 y 18 años. "Ya quiero volver a la escuela"
Son hermanas y vienen de Puerto Príncipe. El terremoto les sorprendió en casa, cuando llegaban del colegio, pero su casa y su colegio ya no existen, se desplomaron. Ahora sus días pasan en una tienda que comparten con su papá, su hermano Rood y seis personas más de otra familia. Viajaron hasta Fond Parisien buscando abrigo, en la capital era imposible encontrar dónde comer y pasar la noche. “Ya perdí la cuenta de los días que llevamos aquí” dice Michaella mientras Fontaine, su hermana menor, la interrumpe para recordarle que son 17. “El tiempo pasa despacio y a veces nos aburrimos, yo ya tengo amigos para jugar en el albergue, pero ya quiero volver a la escuela”, comenta animada la más chica.
En los campos de atención, la vida cotidiana regresa de a poco, pero nunca por completo. Los árboles se convierten en tendederos, los niños juegan a las escondidas entre las carpas, las mujeres se peinan unas otras, conversan, les cuentan historias a sus hijos antes de ir a la cama. Pero pasarán días antes de que niños y jóvenes puedan volver a clases. “Yo le pregunto a mi papá si podemos ir a República Dominicana para estudiar y luego volver cuando reconstruyan mi escuela”, se emociona Fontaine. Y no parece ser la única. Cientos de estudiantes haitianos han pedido visa al gobierno dominicano para acabar su curso en el país vecino. La respuesta por ahora es “agilizaremos los trámites cuanto nos sea posible”, no es la que buscan, pero a muchos al menos les devuelve la ilusión.
Nelson Alandete, 34 años. "La pobreza no me quita el coraje ni el empeño"
Contrario a muchos de sus vecinos de carpa, Nelson es un recién llegado. Han pasado tres semanas desde el terremoto, pero él llegó a Fond Parisien apenas dos días atrás. “Nos quedamos en Puerto Príncipe cuidando lo que quedó de nuestra casa, buscando a primos y hermanos, a nuestra gente”. La familia de Nelson no quiere repetir la historia de otras miles que han acabado separadas, perdiéndose el rastro entre hospitales, escombros y los ofrecimientos del gobierno haitiano para poblar la zona rural. Sólo cuando estuvieron juntos buscaron un nuevo destino.
Y es también una de las familias que se aferra a la idea —y al derecho— de un futuro posible y mejor. Aunque en el albergue tienen comida, médicos y colchones, Nelson y su esposa saben que eso no durará mucho tiempo. Pasan horas ideando cómo volver a Puerto Príncipe, cómo recuperar al menos uno de los muchos empleos que tenían para ajustar un salario mínimo. “Yo soy guarda de seguridad, mire mi carné” cuenta Nelson orgulloso mientras saca de su billetera un papel que lo confirma “les meilleures agentes de sécurité du Port au Prince”. ¿Lo estará esperando su trabajo cuando regrese? Él no tiene ninguna duda. “Y si no, ya encontraré otro, que a mi la pobreza no me ha quitado ni el coraje ni el empeño”. La cara de Nelson no se parece a esas estampas de sufrimiento que publican los medios estos días. Quizá la tragedia vende más que la esperanza.
Cecile Paul, 44 años. "Primero yo, luego la tierra"
Parece una escultura tallada en madera. Rasgos definidos, mirada penetrante. Sus palabras son pocas pero sentencian. “Primero yo, luego la tierra”. Cécile nació de una familia agricultora y aunque la vida la hizo migrar a Puerto Príncipe, ahora siente el deseo—y el deber—de regresar al campo. “No será ni en un semana ni en dos, lo sé, pero tenemos que trabajar la tierra, producir comida para nuestra gente”, cuenta la mujer mientras acaba el jugo y las galletas que recibió en el albergue. Haití importa cerca del 40% de los alimentos que consume y los desastres, la escasa inversión en el campo y la reciente crisis mundial por el aumento en el precio de los productos agrícolas amenazan con agravar el panorama.
La época de siembra empieza en estos días y a la devastación dejada por el terremoto se suma la alerta por sequía. El fenómeno del Niño podría llevarse las lluvias y traer altísimas temperaturas, han advertido las autoridades. Pero a Cécile eso no la detiene y ya se ha organizado con otras familias del albergue para montar una parcela. “La tierra es arenosa y posiblemente no dé mucho, pero tenemos que intentarlo” cuenta apurada la mujer, que la esperan ya sus hijas para irse a dar un baño. Es medio día y el sol quema, casi lo derrite todo. Y es que el calor de Haití es abrasador. El que sale de la tierra y de la gente. A este pueblo le corre fuego por las venas.